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Descubre cómo Ramiro Serrano creó los Premios Maya y convirtió una iniciativa de 1996 en un legado de 30 años reconociendo la excelencia en Bolivia.

En 1996, tres jóvenes comunicadores tuvieron una idea que parecía sencilla: reconocer a quienes estaban haciendo algo extraordinario. Treinta años después, aquella iniciativa se convirtió en una de las plataformas de reconocimiento más emblemáticas de Bolivia.

Hay historias empresariales que comienzan con una gran inversión, un plan de negocios o una oportunidad de mercado.

La de los Premios Maya comenzó de una manera mucho más sencilla: con una idea y el deseo de reconocer a los bolivianos que estaban haciendo la diferencia.

En 1996, Ramiro Serrano, Andrés Rojas y Winston Barrientos compartían el mundo de la comunicación y la televisión en La Paz. Eran jóvenes —Serrano ha recordado que los tres tenían alrededor de 25 años— y formaban parte de una generación de comunicadores que estaba ganando espacio en los medios bolivianos.

Lo que todavía no sabían era que aquella iniciativa terminaría convirtiéndose, tres décadas después, en una marca asociada al reconocimiento, la excelencia y el prestigio.

 

Todo comenzó en televisión

Para entender el origen de los Maya hay que volver a la televisión boliviana de los años noventa.

Andrés Rojas conducía un pequeño segmento televisivo semanal dedicado a entrevistar y reconocer a artistas y personalidades destacadas de La Paz. Según la historia institucional de Premios Maya, fue Winston Barrientos quien propuso convertir aquella dinámica en una premiación anual.

Ramiro Serrano era parte de ese equipo.

La idea era sencilla: reunir a aquellas personas que habían destacado durante el año y brindarles un reconocimiento público.

No había detrás una gran estructura corporativa.

No había una gran producción.

No existía todavía la famosa estatuilla.

Había una convicción.

Que el talento boliviano merecía ser reconocido.

 

El primer Maya no fue una estatuilla

El 30 de diciembre de 1996 se realizó la primera ceremonia en los salones del Hotel Sucre de La Paz. La organización reunió aproximadamente a 60 invitados y reconoció a 30 personas.

Pero hay un detalle que revela la dimensión de aquel comienzo:

el primer Premio Maya fue un diploma.

Nada parecido todavía a la sofisticada ceremonia que hoy conocemos.

Ramiro Serrano ha contado que aquella primera edición nació como parte de un programa de televisión y que el reconocimiento se entregó a los bolivianos notables vinculados a aquel espacio.

Y, sin embargo, aquella noche ocurrió algo que cambiaría el destino del proyecto.

Al finalizar la ceremonia, fueron los propios ganadores quienes plantearon que el reconocimiento debía repetirse cada año.

La respuesta estaba frente a ellos.

Bolivia quería ser reconocida y también quería reconocer.

En palabras de Serrano, aquella primera edición fue un momento decisivo: junto a Rojas y Barrientos habían acariciado el sueño de crear una premiación que exaltara el orgullo boliviano, y la reacción de los propios ganadores les hizo comprender que el país necesitaba un reconocimiento verdaderamente representativo.

Lo que había comenzado como una idea se transformó entonces en propósito.

 

1997: nace el Premio Maya como lo conocemos

La primera ceremonia de 1996 fue, en esencia, el punto de partida.

En 1997 llegó la transformación.

Según una entrevista concedida por Serrano a Revista Y/O, fue entonces cuando los jóvenes comunicadores decidieron convertir aquella primera experiencia en una premiación más amplia, destinada a reconocer a autoridades, políticos, empresarios, artistas y otras personalidades que hubieran destacado durante el año.

Y también apareció una decisión particularmente adelantada para su tiempo:

medir.

Los Premios Maya comenzaron a utilizar encuestas para conocer el top of mind, es decir, el posicionamiento de determinadas marcas, así como la preferencia del público por artistas y medios de comunicación.

Aquello cambió la naturaleza del proyecto.

Ya no se trataba simplemente de elegir a alguien porque era conocido.

Comenzaba a construirse una metodología.

 

De una idea juvenil a una institución

Hay una frase de Serrano que resume perfectamente la magnitud de aquel comienzo:

“Lo lindo es que este importante evento ha nacido como una iniciativa de tres chicos que, en ese entonces, teníamos 25 años.”

Tres jóvenes.

Una idea.

Un diploma.

Treinta reconocidos.

Y una ciudad.

Pero lo que vino después fue mucho más grande.

Los Premios Maya continuaron incluso después de que el programa de televisión que había dado origen a la iniciativa dejara de existir. El reconocimiento había adquirido vida propia.

Ese fue quizás el primer gran aprendizaje empresarial de la historia:

una marca se vuelve poderosa cuando deja de depender del producto o canal que le dio origen.

Los Maya dejaron de ser solamente un segmento televisivo.

Se convirtieron en una institución.

 

Ramiro Serrano: de productor a constructor de una marca

La trayectoria profesional de Ramiro Serrano ayuda a entender por qué aquella iniciativa pudo evolucionar.

Antes y durante los primeros años de Premios Maya, Serrano desarrolló una extensa carrera en radio y televisión. Trabajó en medios como Radio Fides y Láser 98, y posteriormente participó como productor, guionista, actor, director artístico y productor musical en diferentes proyectos televisivos.

Ese recorrido le dio algo fundamental:

conocimiento de producción, comunicación, entretenimiento y audiencia.

En los primeros años de los Maya, Serrano estuvo involucrado en la producción práctica del evento y asumió responsabilidades relacionadas con la parte artística, musical y organizativa. Con el paso del tiempo, su papel evolucionó hasta convertirse en director general.

Por eso, la historia de los Premios Maya no es solamente la historia de una premiación.

Es también la historia de la evolución profesional de un comunicador que terminó convirtiéndose en constructor de una marca nacional.

 

La decisión que cambió el mapa: Santa Cruz

Durante años, La Paz fue la casa de los Premios Maya.

Pero el crecimiento de la iniciativa exigía una nueva etapa.

En 2015, los Premios Maya trasladaron su sede a Santa Cruz de la Sierra. Serrano explicó que la decisión tenía también una razón estratégica: Santa Cruz concentraba una importante parte del empresariado que los Maya buscaban reconocer y ofrecía mejores condiciones logísticas para visitar empresas, plantas y fábricas.

No fue solamente un cambio de ciudad.

Fue una decisión de expansión.

Los Maya pasaron de tener una fuerte identidad paceña a consolidar una vocación mucho más nacional.

Y Santa Cruz se convirtió en una plataforma para crecer.

 

El reconocimiento se convirtió en reputación

Con los años, la filosofía de los Premios Maya también evolucionó.

La organización comenzó a reconocer no solamente a personalidades del espectáculo, sino a empresas, emprendedores, profesionales, medios, instituciones, artistas y organizaciones vinculadas al desarrollo económico, social y cultural del país.

Y ahí apareció uno de los elementos más interesantes desde la perspectiva empresarial.

El premio comenzó a generar valor para quien lo recibía.

La propia institución señala que la exposición mediática de los Maya permite que los ganadores fortalezcan su imagen, posicionen sus marcas y destaquen frente a sus competidores.

La estatuilla dejó de ser simplemente un objeto.

Se convirtió en un activo de comunicación.

En reputación.

En posicionamiento.

En storytelling.

 

Tres décadas después, aquella idea sigue viva

En 2026, los Premios Maya llegaron a sus 30 años.

La organización ha señalado que durante estas tres décadas se han entregado cerca de 1.800 estatuillas a personalidades, emprendedores y entidades de diferentes sectores.

La dimensión de ese número permite entender la transformación.

Aquellos 30 reconocidos de 1996 se convirtieron en miles de historias.

Empresas.

Artistas.

Emprendedores.

Profesionales.

Instituciones.

Líderes.

Personas que, desde diferentes lugares, aportaron al país.

Y detrás de cada reconocimiento existe una idea que permaneció intacta desde aquella primera noche:

hacer visible el esfuerzo.

La gran transformación: de diploma a símbolo

Quizás la mejor manera de contar la historia de Ramiro Serrano y los Premios Maya sea observar la transformación de aquel primer reconocimiento.

1996: un diploma.

30 personas reconocidas.

60 invitados.

Una ceremonia en el Hotel Sucre.

Tres décadas después:

una marca nacional.

Una metodología de selección.

Cobertura mediática.

Empresas y emprendedores entre sus protagonistas.

Una ceremonia de alcance nacional.

Cerca de 1.800 estatuillas entregadas.

Y una institución que hoy se presenta como el máximo honor público concedido en Bolivia.

La diferencia entre ambos momentos no está solamente en el tamaño.

Está en el valor construido alrededor del reconocimiento.

 

Una historia de visión, perseverancia y propósito

Ramiro Serrano no creó los Premios Maya en un despacho corporativo.

Los construyó desde los medios.

Desde la producción.

Desde la televisión.

Desde la amistad y el trabajo conjunto con otros jóvenes comunicadores.

Y, sobre todo, desde una idea que parecía sencilla:

reconocer a quienes merecen ser reconocidos.

La primera ceremonia pudo haber quedado como una anécdota de 1996.

El programa de televisión pudo haber terminado.

El diploma pudo haber desaparecido.

Pero no ocurrió.

La idea sobrevivió al programa.

Sobrevivió a los cambios tecnológicos.

Sobrevivió a las transformaciones de la televisión.

Sobrevivió a las crisis.

Sobrevivió a los cambios económicos y sociales del país.

Y terminó convirtiéndose en una marca.


El verdadero legado de Ramiro Serrano

Treinta años después, probablemente el mayor legado de Ramiro Serrano no sea una ceremonia.

Tampoco una estatuilla.

Es haber entendido que reconocer puede convertirse en una forma de construir país.

Porque cuando una sociedad reconoce a sus empresarios, está reconociendo la generación de empleo.

Cuando reconoce a sus emprendedores, reconoce la capacidad de crear.

Cuando reconoce a sus artistas, reconoce su cultura.

Cuando reconoce a sus instituciones, reconoce su aporte.

Y cuando reconoce a quienes trabajan silenciosamente para mejorar la vida de otros, está construyendo referentes.

Eso explica por qué aquella pequeña iniciativa de tres jóvenes terminó trascendiendo a sus propios creadores.


De tres jóvenes con una idea a tres décadas de historia

En 1996, Ramiro Serrano, Andrés Rojas y Winston Barrientos tuvieron una idea.

No sabían que estaban creando una institución que llegaría a cumplir 30 años.

No sabían que aquel diploma se convertiría en una estatuilla.

No sabían que miles de personas serían reconocidas.

No sabían que “Maya” terminaría asociándose con excelencia y prestigio.

Pero sí tenían algo que todas las grandes historias empresariales necesitan:

la decisión de empezar.

Y quizás ahí está la verdadera historia detrás de Premios Maya.

No comenzó con una gran infraestructura.

Comenzó con una visión.

No comenzó con miles de ganadores.

Comenzó con 30.

No comenzó con una estatuilla.

Comenzó con un diploma.

Y no comenzó como una gran institución.

Comenzó como una idea de tres jóvenes que creyeron que Bolivia tenía personas que merecían ser reconocidas.

Treinta años después, esa idea sigue subiendo al escenario.

Y cada vez que una estatuilla Maya cambia de manos, vuelve a contar la misma historia:

alguien trabajó, alguien perseveró, alguien hizo la diferencia y alguien decidió que ese esfuerzo merecía ser visto.

 

 

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