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Gavi Alavi: La investigadora boliviana de la UMSA que será reconocida con el Premio Marie Curie 2026

La investigadora de la UMSA será reconocida con el Premio Marie Curie 2026 por una trayectoria dedicada a comprender los suelos, el agua y los ecosistemas altoandinos, poniendo la investigación científica al servicio de uno de los grandes desafíos del país: enfrentar el cambio climático.

En un territorio donde el agua define las posibilidades de producción y supervivencia, comprender qué ocurre debajo de la superficie puede ser tan importante como observar lo que sucede en el cielo. Esa es una de las preguntas que ha guiado durante años el trabajo de Gavi Alavi Murillo, investigadora del Instituto de Investigación y Desarrollo de Procesos Químicos (IIDEPROQ) de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA).

Ingeniera agrónoma formada en Bolivia y doctora en Bioingeniería por la KU Leuven de Bélgica, Alavi ha construido una trayectoria científica alrededor de los suelos, el agua, el clima y los ecosistemas andinos. Su investigación más reciente puso el foco en un elemento que, aunque invisible a simple vista, resulta determinante para la salud de la tierra: el carbono orgánico.

Por ese recorrido y por su aporte a la investigación científica realizada desde Bolivia, la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia le otorgará el Premio Marie Curie 2026, reconocimiento destinado a destacar la trayectoria y contribución de mujeres científicas del país.

Cuando el carbono también habla de agua

La investigación de Alavi propone mirar el carbono desde una perspectiva que trasciende las discusiones sobre emisiones y cambio climático.

En los suelos del altiplano, una mayor presencia de carbono orgánico está relacionada con la capacidad de conservar humedad y nutrientes, además de favorecer la actividad biológica del suelo. En una región caracterizada por condiciones semiáridas y una disponibilidad de agua limitada, esta relación adquiere una dimensión productiva y ambiental.

Su trabajo también ha permitido identificar diferencias entre el altiplano norte y el altiplano sur. Aunque ambos territorios suelen agruparse bajo una misma categoría geográfica, sus características ambientales y edáficas no son iguales, y esas diferencias influyen en la manera en que el carbono se almacena y distribuye.

La investigación, por tanto, no solo busca entender cuánto carbono existe en determinados suelos, sino cómo funciona ese sistema y qué factores pueden alterarlo.

Bofedales: ecosistemas que almacenan más de lo que parece

Dentro de esta nueva etapa de investigación, los bofedales ocupan un lugar central.

Estos ecosistemas altoandinos funcionan como reservorios naturales de agua y carbono. Su importancia aumenta durante las temporadas secas, cuando también representan una fuente fundamental de alimento para el ganado de las comunidades que dependen de estos territorios.

Su degradación, sin embargo, puede modificar ese equilibrio. Cuando un suelo pierde carbono y se deteriora su estructura y actividad biológica, también disminuye su capacidad para conservar agua y nutrientes. Al mismo tiempo, parte del carbono almacenado puede liberarse en forma de dióxido de carbono.

Por eso, para Alavi, estudiar estos espacios significa también generar conocimiento que permita comprender mejor cómo conservarlos.

Su siguiente línea de investigación estará precisamente orientada a profundizar en el funcionamiento de los bofedales y en su papel dentro de los ecosistemas andinos.

Ciencia que parte del territorio

Uno de los aspectos más interesantes de la trayectoria de Alavi es que su investigación no se construye únicamente desde el laboratorio.

Su trabajo incorpora la observación de las prácticas agrícolas y el conocimiento acumulado por las comunidades. Una práctica tan cotidiana como incorporar estiércol o materia orgánica al suelo, por ejemplo, tiene detrás una explicación científica relacionada con el carbono, los microorganismos, la disponibilidad de nutrientes y la retención de humedad.

Esta mirada permite establecer un puente entre conocimiento tradicional y ciencia: no se trata simplemente de llevar respuestas al campo, sino de investigar aquello que las comunidades ya conocen, comprender por qué funciona y generar evidencia que pueda fortalecer esas prácticas.

La tecnología también forma parte de ese proceso. Durante su investigación doctoral, Alavi combinó trabajo de campo, análisis de suelos y herramientas de aprendizaje automático para estimar la distribución del carbono en diferentes usos de la tierra, una alternativa que permite ampliar el alcance de estudios que, de realizarse exclusivamente mediante muestreo, demandarían mayores recursos y tiempo.

Del agua al carbono: una trayectoria que evoluciona

El interés de Alavi por estos temas no comenzó con el carbono.

Su formación y sus primeras investigaciones estuvieron vinculadas al agua, el clima y la agricultura. Durante su maestría en Recursos Hídricos estudió variables como precipitación, temperatura y heladas, además de escenarios climáticos que podían afectar cultivos como la quinua.

Con el tiempo, esas preguntas fueron conectándose.

El agua llevó al clima; el clima, a los suelos; y el estudio de los suelos condujo hacia el carbono como uno de los componentes capaces de explicar su fertilidad, capacidad de retención de humedad y respuesta frente a condiciones ambientales cambiantes.

Hoy, esa trayectoria converge en una pregunta de mayor alcance: cómo pueden los ecosistemas altoandinos conservar sus funciones esenciales frente a un clima cada vez más incierto.

Una distinción que trasciende el reconocimiento

El Premio Marie Curie llega como una validación a años de formación e investigación, pero para Alavi también representa una oportunidad para hacer visible una ciencia que muchas veces permanece lejos de la conversación pública.

La investigadora ha señalado que recibir este reconocimiento la motiva a continuar investigando desde Bolivia y a mostrar el trabajo que realizan los científicos en el país. También considera importante que más mujeres encuentren en la ciencia un camino profesional posible.

Su historia demuestra que la innovación no siempre nace de crear algo completamente nuevo. En ocasiones, consiste en hacer nuevas preguntas sobre aquello que existe desde hace siglos.

Un bofedal, un suelo agrícola, una parcela de quinua o una práctica campesina pueden convertirse en fuentes de conocimiento cuando se observan con rigor científico.

Y en un país donde los ecosistemas andinos sostienen comunidades, producción y recursos hídricos, entenderlos mejor puede ser también una forma de anticiparse al futuro.

El reconocimiento a Gavi Alavi no solo pone en valor una trayectoria individual. También dirige la mirada hacia una generación de investigadores bolivianos que busca convertir el conocimiento del territorio en una herramienta para tomar mejores decisiones frente a los desafíos ambientales y productivos del país.

Porque, en el altiplano, el futuro también puede estar almacenado bajo nuestros pies.

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